Hay una pregunta que toda comunidad cristiana debería hacerse al menos una vez al año, con honestidad y sin apuro: si mañana desapareciéramos, ¿la ciudad lo notaría? No lo preguntamos por vanidad ni por ansiedad de relevancia. Lo preguntamos porque la respuesta revela algo esencial sobre la naturaleza de nuestra fe. Una comunidad que solo existe para sí misma —para sus reuniones, sus programas internos, su calendario— puede ser muchas cosas, pero difícilmente es lo que el Evangelio describe cuando habla de sal de la tierra y luz del mundo. La sal que no toca la comida no sazona nada. La luz que se guarda bajo la mesa no alumbra a nadie.
Este ensayo no es un informe de actividades ni un catálogo de logros. Es una reflexión pastoral sobre el lugar del servicio en la vida cristiana, escrita desde Cali y para Cali, con los pies puestos en una ciudad que conocemos y amamos: generosa y golpeada, festiva y desigual, capaz de la solidaridad más conmovedora y necesitada de ella todos los días.
1 · Por qué servimos: la raíz teológica
Empecemos por el fundamento, porque el servicio cristiano que no entiende su raíz termina marchitándose en activismo o en fatiga. No servimos para ganar el favor de Dios: servimos porque ya lo tenemos. Esa distinción, que parece un matiz, lo cambia todo. El que sirve para acumular méritos sirve con ansiedad, lleva cuentas, espera reconocimiento. El que sirve porque ha sido alcanzado por la gracia sirve con libertad: no necesita que nadie lo vea, porque no está cobrando nada.
La carta de Santiago lo plantea con una franqueza que todavía incomoda: «La fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma» (Santiago 2:17). Santiago no está contradiciendo la gracia; está describiendo su fisiología. Una fe viva produce obras del mismo modo que un árbol vivo produce fruto: no por obligación externa, sino por naturaleza interna. Cuando una comunidad cree de verdad que Dios se acercó a nosotros cuando no lo merecíamos, acercarse a otros que "no lo merecen" deja de ser un programa y se convierte en un reflejo.
Jesús mismo hizo del servicio el criterio de autenticidad de sus discípulos. En la parábola del buen samaritano (Lucas 10:25-37), la pregunta teórica —«¿quién es mi prójimo?»— es respondida con una escena práctica: un hombre herido al borde del camino, dos religiosos que pasan de largo y un extranjero despreciado que se detiene, desinfecta heridas, carga al herido, paga la posada y promete volver. Lo notable es que Jesús no define al prójimo: define al que se hace prójimo. La pregunta correcta nunca fue «¿quién merece mi ayuda?» sino «¿a quién puedo acercarme?». Quien quiera profundizar en estos textos puede consultar las ediciones de estudio de la Sociedad Bíblica Colombiana, que ha acompañado la lectura seria de la Escritura en nuestro país por décadas.
«No servimos para ganar el favor de Dios: servimos porque ya lo tenemos. El que entiende esto sirve con libertad; el que no, sirve llevando cuentas.»
2 · A quién servimos: la ciudad concreta, no la humanidad abstracta
Es fácil amar a "la humanidad". Lo difícil es amar al vecino del tercer piso que pone música a todo volumen, a la señora que pide monedas en el semáforo de siempre, al pariente que volvió a recaer, al desconocido que llegó de otro país con dos maletas y ninguna red de apoyo. La humanidad abstracta no interrumpe nuestros planes; el prójimo concreto, sí. Por eso el servicio cristiano auténtico siempre tiene dirección y nombre propio: se sirve en un barrio, en una comuna, en una esquina determinada de la ciudad.
Cali ofrece a cualquier comunidad de fe un mapa amplio de necesidades donde la fe puede volverse obra. Los comedores comunitarios que funcionan en distintos sectores de la ciudad necesitan manos que corten verdura, sirvan platos y laven ollas, sin más protagonismo que el delantal. Los hospitales y las casas donde hay enfermos crónicos necesitan visitas: presencia paciente, lectura en voz alta, silencio compartido. Las familias que atraviesan duelo, desempleo o rupturas necesitan acompañamiento sostenido, no frases hechas. Los adultos mayores que viven solos necesitan alguien que toque la puerta cada semana. Los migrantes que llegan a la ciudad necesitan orientación básica: dónde queda el centro de salud, cómo se saca un documento, quién puede darles trabajo digno.
Ninguna de estas necesidades exige que la iglesia invente estructuras nuevas ni compita con nadie. La ciudad ya tiene organizaciones serias haciendo trabajo serio: la Cruz Roja Colombiana en atención humanitaria y gestión de emergencias, los programas sociales que articula la Alcaldía de Santiago de Cali, las fundaciones de barrio que llevan años sirviendo sin cámaras. Una comunidad cristiana sabia no duplica: se suma. Pregunta qué falta, dónde faltan manos, y aparece con manos.
3 · Cómo servimos: cinco principios para servir sin protagonismo
El mayor riesgo del servicio no es el cansancio: es la vanidad. Servir puede convertirse, sin que lo notemos, en una forma sofisticada de construir imagen —personal o institucional—. Jesús lo advirtió sin rodeos: «Cuando des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti» (Mateo 6:2). Estos cinco principios nos ayudan a mantener el corazón en su sitio.
La necesidad manda, no la foto
Se sirve donde hace falta, no donde luce. Si la ayuda más útil es lavar platos en la cocina de un comedor donde nadie nos verá jamás, esa es la asignación correcta. El criterio de decisión nunca puede ser la visibilidad.
Constancia sobre intensidad
Una jornada masiva al año consuela la conciencia; una visita semanal durante años transforma una vida. El servicio que deja huella es aburrido de contar: es la suma de martes repetidos, no de eventos memorables.
Dignidad, no lástima
La persona servida no es un objeto de caridad sino un igual con nombre, historia y opinión. Se le pregunta, se le escucha, se le mira a los ojos. Toda ayuda que humilla al que la recibe ha fracasado, aunque el plato esté lleno.
Sumarse antes que fundar
Antes de crear una obra nueva, preguntarse: ¿ya existe alguien haciéndolo bien? Si la respuesta es sí, la humildad indica ofrecer voluntarios, recursos y oración a lo que ya funciona, en lugar de multiplicar carteles.
El anonimato es un privilegio espiritual
Que la mano izquierda no sepa lo que hace la derecha (Mateo 6:3) no es una prohibición de comunicar: es una invitación a saborear el gozo del bien hecho en secreto. Quien aprende a servir sin testigos descubre una libertad que ningún aplauso puede dar. En la práctica: menos registro, menos publicación, más presencia.
4 · Lo que el servicio le hace al que sirve
Hay un efecto del servicio del que se habla poco: lo que produce en quien lo presta. El que visita enfermos aprende a estar en silencio sin incomodarse. El que sirve mesas aprende que su tiempo no es más valioso que el de nadie. El que acompaña un duelo aprende que no hay frases mágicas y que la presencia vale más que la elocuencia. El que sirve con constancia se va curando, casi sin notarlo, de las enfermedades espirituales más comunes de nuestra época: la prisa, el ensimismamiento, la necesidad de tener razón, la ilusión de autosuficiencia.
Por eso el servicio no es una actividad más del calendario cristiano: es un medio de gracia. Dios usa al pobre para evangelizar al rico, al enfermo para enseñar al sano, al que recibe para transformar al que da. Cualquiera que haya servido en serio sabe que la contabilidad final nunca cuadra como se esperaba: uno fue a dar y volvió habiendo recibido. La comunidad que priva a sus miembros de servir no los está protegiendo del cansancio; los está privando de crecer.
«Uno fue a dar y volvió habiendo recibido. Esa contabilidad que no cuadra es la firma de Dios en el servicio.»
5 · Empezar en pequeño: una regla práctica
¿Cómo se organiza una comunidad para servir sin protagonismo? Nuestra sugerencia es deliberadamente modesta: empezar en pequeño, empezar cerca y empezar ya. No hace falta un comité, un logo ni un lanzamiento. Hace falta un grupo de dos o tres personas que adopten una necesidad concreta y la sostengan por un año: un comedor que necesita manos los jueves, tres adultos mayores del barrio que viven solos, una familia del sector que atraviesa una enfermedad larga. Al cabo de un año, evaluar con honestidad: ¿seguimos? ¿crecemos? ¿corregimos?
Esta regla tiene una virtud espiritual escondida: es imposible presumir de ella. Nadie construye una reputación visitando a tres ancianos. Y esa es exactamente la señal de que el motivo es el correcto. Las obras grandes, si han de venir, vendrán como crecen los árboles: desde raíces que nadie ve, sin ruido, a su tiempo. Mientras tanto, la fidelidad en lo poco es la única escuela donde se aprende la fidelidad en lo mucho (Lucas 16:10).
Y una advertencia final, dicha con cariño de casa: el servicio no reemplaza la vida interior. Quien sirve sin orar termina sirviendo con amargura; quien ora sin servir termina orando en el vacío. Las dos cosas se alimentan mutuamente: la oración le da al servicio su fuente, y el servicio le da a la oración su rostro. María y Marta no son dos tipos de cristiano: son dos momentos del mismo día.
Coda: la ciudad lo notaría
Volvamos a la pregunta inicial: si mañana desapareciéramos, ¿la ciudad lo notaría? Queremos que la respuesta, con los años, sea sí — pero no por nuestros letreros ni por nuestro nombre. Que lo note la señora que ya no recibe la visita de los jueves. Que lo note el comedor al que le faltan cuatro manos. Que lo note la familia que ya no tiene quién la acompañe al hospital. Que la ausencia se sienta donde se sentía la presencia: en lo pequeño, en lo constante, en lo escondido. Esa es la única fama que una comunidad cristiana debería desear, y es, curiosamente, la única que no se puede comprar ni fingir. La fe que se vuelve obra no necesita testigos. Le basta con ser verdadera.